Portal 1, 2º
Hay una luz de tarde que entra en mi dormitorio por el ventanal. Miles de motitas de polvo lo acompañan, y me recuerdan que tengo que volver a limpiar las cortinas. Desde el sillón en donde estoy, veo casi toda mi casa, el lugar que no conozco. Noventa metros cuadrados de novedad, de desazón y de vida ajena. Vine a vivir aquí, a este domicilio, en febrero. Han pasado seis meses, y no puedo decir que me encuentre incómoda. Esta no es, de momento, mi casa. La otra, ya no es más mi casa. Estoy en una franja esquizoide, en donde no noto el arraigo que debería. A veces me agobia. Pero comienzan a haber otros “a veces”, que liberan. No tengo nada. Mejor dicho, siento que no tengo nada. Que no pertenezco a nada. Y en vez de ir a buscar mi pastilla como una loca, me quedo sentada, tomando café y espero a que se junte el cielo con el suelo y me escache. Lo esperé cuando me separé en agosto pasado, lo esperé cuando volví a casa de mi madre después de mil años, lo esperé cuando me compré esta cas...