Jugada maestra

No se enseña el juego en el póquer. Aunque a veces una buena jugada consiste en conseguir ver las cartas del otro.
Te doy tu jugada maestra.

Hay un hombre plantado ante mí que me mira y siento que todo es distinto. No hubo tiempo antes. No habrá tiempo mañana. Sólo me importan sus ojos. Ahora mismo. Sólo me importan sus manos, sus besos, su voz.
Hay un hombre en silencio, ocupando un atronador espacio en mi alma y en mi cuerpo. Hay un hombre que salpica mi vida a la vez de incertidumbre y gozo; a la vez de ansia y calma.
Hay un hombre que no me promete nada, que prefiere mirarme a decirme, o a no decirme... No sé. Ya no quiero saberlo.

Hay un hombre que, ahora tengo la certeza, no tendré nunca. Porque no puede ser. A veces mi garganta grita y sin embargo, nadie escucha. Y aprendo: a renunciar, a estar detrás, a ser sólo presentida. A desaparecer. Y después de llegar allí, abajo, al fondo, a subir y soltar cuerda. A aprovechar un momento, un segundo. Incluso el breve espacio que queda entre ambos. Y a que no duela.
Hay un hombre que me ha hecho un gran regalo, el mejor, y ni siquiera lo imagina. La vida entera me ha sacudido, devolviéndome al mundo, tirando de mí y despertando a la mujer que dormía en lo más hondo y, a la vez, acariciando con mimo a una niña que lo mira embelesada.

Hay un hombre plantado ante mí, y ni siquiera alcanzo a tocarlo.


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