A MÍ SOLO ME SALEN FLORES RARAS
Después de un invierno más bien crudo, quise parar el alma aquí. Sin atender a mi sexto sentido, el que te viene de paquete en los genes, permití que el viento -como en otras ocasiones los mares o los ríos- me obligara a un éxodo que no deseé ni entendí. Sin embargo, me sentí privilegiada en mi nuevo territorio: sol, aire fresco cada tarde y, de vez en cuando, un chaparrón que removiera todo mi ser en algo más que un baile indecoroso. “Es un buen sitio”, pensé. Este jarrón que me mira de abajo hacia arriba, me tiene enferma. Y me muero, lo sé. El tajo del cuchillo de cocina es algo que, una vez lo sientes, no se olvida: frío, doloroso pero certero y premonitor. Me muero como todo lo que está vivo, desde luego, pero no deja de joderme mucho muchísimo. Nunca quise ser efímera –mi sueño, de hecho, era ser un enorme árbol tropical o un seto frondoso e inexpugnable. O incluso una monumental trepadora...-, ni acabar de esta manera tan prosaica: sola, en un jarrón de cristal malo,...