PEQUEÑECES

Querida, queridísima Deisi:

¿Cómo estás, tesoro? Qué alegría saber de ti, cariño. Como sabes, hace poco que me mudé y no conozco muy bien el barrio, por lo que no te puedo decir si la Mari Carmen del Instituto y de la que me hablas en tu correo, es la que vive al lado del Hiper Dino, la verdad. Te confieso que tampoco es que haya dedicado mucho tiempo a conocer a nadie, ni a caminar la zona. En fin, Deisi, hija, en honor a la verdad, no me interesa este barrio, ni me interesa esta gente, ni me interesa nada ya. Yo lo que quiero es regresar a mi casa y que mi marido me perdone porque no me parece a mí que haberle amputado un dedo, sea como para tanto desprecio.

Tú ya sabes que siempre ha sido un hombre muy dócil y muy buena persona; que sus reacciones —incluso sus reflexiones— son medidas, ponderadas y certeras. Por eso no entiendo este desatino, este querer apartarme de todos.

Ay, Deisita, déjame que te cuente, porque igual tú solo sabes lo que él quiere que sepas, amiga, y en toda historia siempre hay dos versiones que se deben conocer, para no meter la pata. El día que ascendieron a Luis de una bendita vez (no conozco a nadie que haya entregado más tiempo de su vida a La Dichosa Empresa), llegó a casa y entró por la cancela de los perros ¿sabes, no? Quiero decir, que no entró por la puerta principal, como ha hecho toda la vida, yo supongo que por los nervios y eso, claro. Pues Rake y Lily se pusieron como locas: venga a ladrar y a arañar las casetas. ¿Y qué pasó? Pues hija, que el pánico me paralizó en la cocina porque a esa hora, no pasa ni el Tato por el chalé. La piel me dolía de la tensión y te juro que aún tengo una contractura en las dorsales de lo tiesa que me quedé. Ni respiraba, Deisi, te lo juro. Lo que pasó después, lo tengo en la cabeza como cuando de chicas le dábamos al CinExín hacia adelante, rápido, rápido, rápido. Una mano en el ventanuco de la puerta y yo con el cuchillo de los puerros y yo que me quedo en blanco. Y sangre y sangre y sangre. Ay, Deisi, cuánto, cuantísimo lo siento.

Una y mil veces le he pedido perdón, por supuesto y estoy respetando la orden de alejamiento, claro, pero no hay manera. No me entiende, Deisi ¿Te lo puedes creer? No me entiende después de tanto juntos.

Aunque, si te soy sincera y conociéndolo, yo creo que a él lo que más le dolió es que salteara el dedo con los puerros. Para mí que lo entendió como una maldad y Dios me libre, porque yo estaba en shock, Deisi, yo estaba en shock. Estoy segura de que sabes de qué te hablo, amiga.

Bueno, cielo, te dejo, que voy a seguir desembalando.
Te mando besos desde el fin de mi mundo. Ay, Deisi.

Violeta.

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