AMOR INFINITO
A mi madre se la conocía por sus actos. Jamás nos recogió del
Colegio con puntualidad (la Señorita Ana nos compadecía con rodajas de piña
tropical bañadas en lástima y un tufo a Eau Jeune) o nunca nos llevó a
Don Ruperto, el pediatra, cuando la fiebre subía a más de 39.
Ahora, mamá nos ama desde el cielo y ya no puede decirnos que hagamos nuestra
cama, a golpe de esclava de goma. Mamá nos mira desde arriba, con los ángeles y
arcángeles. Desde el mismo lugar al que la mandé de un empujón, contra una
roca.
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