INMÓVIL

"Nadie osaba moverse. Ni cuando nos quedamos a oscuras". El escritor deja de teclear y traga el sorbo más amargo. Suspira. Hace una eternidad de cuarenta y ocho horas que no se ha levantado de la silla más que para ir al baño, ahogarse en la pantalla o sabotear su alma. Con los ceniceros llenos, aún espera que ella esté viva.

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