LA CASA DEL FIN

Yo nunca hubiera concertado aquella cita. La casa, de quedarnos con ella, estaba demasiado lejos del trabajo y no estaban las cosas como para perder ni un segundo, cuánto más, dos horas en coche. No, definitivamente, yo no hubiera concertado aquella cita. Pero, bien dice el dicho que "lo que sucede, conviene".

Por cortesía (o por falta de voluntad) me dejé llevar. Reconozco que iba rumiando todas las maneras posibles de decir un "te lo dije" que fuera contundente, malintencionado y cabrón, a la vuelta.

Si me obligaran, tendría que hacer un esfuerzo monumental para recordar los detalles exactos de aquel mausoleo. Habría diez ventanas o cincuenta. Estaba pintada en rojo teja. O en azul. No recuerdo con claridad si tenía garaje, ni el estado de cañerías, ni de puertas. Nada. No recuerdo nada.

Miento. Recuerdo lo que me dijo antes de salir del coche: "Reina, estás delante de la inversión de nuestra vida. Éste es nuestro futuro. De verdad, ¿no te parece de puta madre?" Y reí. Reí tan alto y tan fuerte que me llamó la atención -cómo no- apretándome el muslo izquierdo hasta hacerme daño.

Por la noche, al llegar al piso, embalé mis cosas y me fui. Aquella casa me salvó el futuro.

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