ALGO DE MÍ
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Me gustan las tardes de los viernes. Pero de todos los viernes de toda mi vida: huelen diferente, como a calle sin coches para jugar en medio a la soga y sin miedo. Me reconcilio con el mundo si despierto sin dolores en la cintura, en las dorsales o en el alma. Me entusiasma comprobar que, cada mañana, la robinia gigante que crece frente a la carretera, le gana en aroma a los tubos de escape de las motillos de mi pueblo. Encuentro un placer íntimo al acertar con el abrigo negro de lana, los vaqueros, la camisa blanca y las botas más toscas que tengo en la zapatera.
Canto mucho mejor dentro de mi coche que en cualquier otro escenario y si voy llorando, se me agranda el alma. Me gusta el calorcillo que siento en el esófago con un chupito de licor de ron Santa Teresa con naranja; no hace falta que haga frío ni esas sandeces: brindar por el mar, sola en mi terraza, es la mejor excusa. Me gustan –adoro- mis guirnaldas de luces navideñas. Son pequeñas. No tintinean ni tienen colores. Sólo enlucen la penumbra de mi sala. Estoy enganchada con más de un ensayo literario. Son mi vicio reciente: me gusta el caos de irme encontrando pequeños piquetes de libros que no he leído, por las esquinas de mi casa. Me chiflan las fotos de Mikel y los cuentos de Martín, el malaca. Me gusta la gente que no me pide nada y a la que yo no pido mas que no me pidan nada. Necesito chutes diarios de soledad, de autodeterminación y autogobierno. Es fundamental para mí, tener -al menos- mis veinte minutos de creerme que puedo sola con todo.
No soporto el mal gusto, como el del que eructa y dice “que es un proceso sano y bilógico”. En general, huyo de las batallitas de toda índole (las de milis, las de hijos de otros, las que empiezan con un “qué mal vamos con esto de la crisis”, las de las penas sempiternas de los inmovilistas) y me mata el sobrado. Creo que el arrepentimiento debería desaparecer del catálogo de sentimientos humanos por inútil y despistado, por aparecer a destiempo y siempre para torturarnos. Me enfurecen los arribistas pero envidio a los suertudos; y nada de envidia sana: de la más cochina.
La disciplina no lleva mi nombre. Ni mi apellido. Ni siquiera, sabe dónde vivo. Para mí, no hay nada peor que un ruido a destiempo, los sobresaltos me desequilibran el alma durante muchísimo, muchísimo rato.
No me gusta seguir escribiendo cuando hace rato que ha dejado de interesarme.
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