EL ARMARIO
Hay un inmenso armario en el fondo de mi infancia. De pino oloroso, suave, macizo y delicadamente barnizado, con unos tiradores bien torneados y sensuales por los que me chiflaba pasar las manos.
Tenía cinco grandes puertas que me miraban inexorables, mientras yo sufría el sarampión en una cama empapada en sudor y Vick’s Vaporub. Era un mueble que definía a mis abuelos: dos puertas para ti y tu vida; dos puertas para mí y la mía. Y la de en medio, nuestra puerta. Así eran ellos. Cada uno con su historia. Diferentes por separado, y juntos, también diferentes. Curiosamente, me transmitieron también su forma de ver la vida. Pero ése es otro recuerdo.
Cuando mi abuela dejaba de atormentarme con jarabes y pinchazos, yo me levantaba sin hacer ruido, de puntillas y abría aquella especie de cueva de Alí Baba de los misterios. En el lado de Tete, encontraba siempre preciosos tesoros. Una caja cuadrada de fieltro verde con decenas de botellitas de esencias: vainilla, bergamota, jazmín, naranja, canela, lirios... Nunca supe para qué las tenía. Había también un pequeño bolso negro, con asas de carey, que tenía dentro un falso collar de perlas y un brazalete de cristales de colores con el que hacía diminutos arco iris desde la cama. Tengo ese brazalete. Tengo los arco iris.
Pero mis puertas preferidas eran las de Ababa. Allí se confundían los olores de Varón Dandy y jabón de lavar, cuando me arrebujaba entre sus camisas y pantalones perfectamente colgados. En aquel lado me retaba a mí misma intentando alcanzar lo inalcanzable: el altísimo anaquel en donde estaban las cajas de medicinas. En aquella puerta descansaba, en lo bajo, sobre la gaveta de la ropa interior, una preciosa máquina de escribir, moderna, funcional, con tres o cuatro compartimentos ocultos en donde era delicioso ir encontrando papelitos diminutos para borrar lo escrito o una goma rectangular pequeña que, milagrosamente, cabía en una gavetita no menos pequeña o, lo más emocionante, una minúscula brocha que se usaba para limpiar las virutas del borrado. Era portátil y me atrevía a desafiar a mi abuelo, sacando su magnífica máquina del armario, humillando sin misericordia a mis hermanos por su cobardía.
Junto con las puertas de aquel armario, abro también las de mi infancia. No sé si es un buen ejercicio, en honor a la verdad.
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