ANÓNIMAS

Tras el visillo, sólo puede ver un poquito de calle. Se sienta con su café hirviendo y amargo, para husmear, en general y esperando verla como cada mañana, en particular. Debe tener unos cuarenta. O unos cincuenta. O incluso unos treinta y ocho. Tampoco importa. Su corazón le advierte de que ella va a salir del portal y, mientras se parapeta tras su anonimato, comienza el ritual: la ve con el pelo largo, algo ralo y mojado; impecablemente vestida y cargada con mil bolsas que parecen querer desequilibrarla a cada paso. La mujer se acomoda los zarcillos y el colgante de plata, en un único e imposible gesto; se hace la señal de la cruz dos veces, por lo que –ya está claro- no es que sea católica, simplemente es supersticiosa; busca en el bolso, mirando al cielo, las llaves del coche. Piensa que es una tarea tan difícil como acertar con un tornillito de mecanismo de reloj a la primera, pero sabe que ella lo ha conseguido en cuanto ve su sonrisa. Ante la proximidad de su último acto, siente una excitación impúdica. La mujer se toca la cara con los únicos dos dedos que le quedan libres entre tanta carga, como para bendecirse, o como para comprobar si la hidratante ha hecho efecto. 

O como para mandarle una caricia cómplice a la que mira desde la ventana de enfrente.

Comentarios

mikel ha dicho que…
No he podido evitarlo. Me he leído de un tirón todas las entradas/cuentos.

Es más de medianoche y me voy fascinado a la cama.

Saludos de un fan instantáneo.