Cómo agota...

Pasado el primer impulso, te sorprende y luego, te das cuenta.

Llega como una revelación pero progresiva y sigilosa. Sin casi notarlo, te vas convenciendo...Y, de pronto, está ahí; como desde hace un millón de años. Estás cansada. Harta. De nuevo, harta.
Es como la visita a la peluquería, a cortarte las puntas y a darte algo de color: no sabes cuánto lo necesitabas hasta el día en el que decides ir, sin retrasarlo ni un segundo más. Pero tu pelo, que se ha ido estropeando poco a poco, día a día; que lo has estado viendo, a ratos, casi nunca de frente sino sesgadamente y por unos instantes cada vez, te devuelve una tú insoportablemente irreparable ya. Y te dices que hay poco más que hacer en tu desastre.

Pues así pasa con el amor. Todos los días tu melena ondea al viento y pregonas que estás enamorada de él. Saltas por encima de las dificultades y los impedimentos, de sus niños y su mujer, de todos los miembros de su entorno y de todos los qué dirán y los para no hacer daño a nadie. Al final te das cuenta de que sigues enamorada pero ya agotada y sin fuerzas. Resignada y abandonada al que sea lo que dios quiera.
Luego la cita o la reunión con amigos comunes, la mano que te busca y la boca que te encuentra y todo vuelve a empezar. Otra vez las uñas hechas, las puntas saneadas y el baño de color impecable. Y otra vez el sol, el cloro, ese champú que aún no sabes si te sienta bien o mal, por caro que sea...Y otra vez que necesitas arreglarte porque te has estropeado con los días.Es precisamente este ir i venir a la peluquería, esta fluctuación en las emociones lo que va gastando el impulso, que sigue intacto en la intención pero menguante en la forma.
Mi amiga Daisy

Comentarios